FICHAS DE CÁTEDRA (Historia)



Ficha de cátedra: “La opinión pública digital”
Elaborada por la Dra. María Marta Luján en base al texto La revolución silenciosa de Mercedes Bunz. Buenos Aires: Edit. Cruce, 2017. Capítulos 4-5.Pags. 75-112

De las masas y cómo se las produce
     En el sitio donde nació la democracia ateniense, los arqueólogos hallaron  acumulados trozos se arcilla y piedras de colores. Según pudieron reconstruir, con ayuda de esas piedras se tomaban decisiones democráticas en la asamblea popular, la ekklesía. Para registrar esa articulación complicada de la voluntad de los atenienses, se necesitaban instrumentos. De manera que, desde el comienzo mismo, la comunicación y la tecnología, en un sentido amplio, tuvieron un papel decisivo en la democracia. Como vimos en la materia, su influencia cambió y se profundizó aún más con el surgimiento de los medios masivos modernos. Primero los periódicos nos convirtieron en naciones de lectores informados y después, con la televisión, donde tienen lugar debates que deciden a veces elecciones, se acuñó el concepto de democracia de medios. Actualmente, los medios digitales se disponen a transformar una vez más la democracia. ¿Cómo sucede esto?
Que la digitalización ejerce una influencia considerable sobre la política es algo que se puede reconocer, por ejemplo, en el éxito del Partido Pirata, que en Alemania está registrado desde 2006 y que se hizo más reconocido en la opinión pública en las elecciones parlamentarias de 2009 cuando obtuvo un 2% de los votos. Gracias a los Piratas se colocan en la agenda temas digitales y nuevas formas, más directas, de participación y formación de la voluntad. Siguiendo su consigna electoral de “Acceso libre y conocimientos para todos”, los miembros del partido practican una política de democracia de bases. De todos modos, las transformaciones que trae aparejadas la digitalización son mucho más profundas que el ruido mediático en torno a este partido. Hoy en día, por ejemplo, los gobiernos ya no necesitan consultar la prensa para interactuar con la opinión pública, a diferencia de los que ocurría en tiempos del periodismo impreso. En la era analógica, los reporteros hacían el arduo trabajo de recoger la opinión pública en la calle y resumirla en un informe. Ahora los políticos pueden consultar directamente a la opinión pública por internet. Como ejemplo, la autora cita el caso de la página web Opinion Space, lanzada en 2010 por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, en la que los usuarios podían manifestar directamente su opinión sobre asuntos políticos importantes. La plataforma, que Hillary Clinton elogió como “un instrumento de política del siglo XXI”, fue desarrollada por el Centro de Medios de la Universidad de California. Lo interesante es que la plataforma no se limita a reproducir las opiniones políticas, sino que contribuye a moldearlas. Para ablandar los opuestos irreconciliables, no se consulta la opinión recurriendo a posibilidades de respuestas ya establecidas. En lugar de consultar bipolarmente la aprobación o rechazo de algo, se usa un regulador móvil gráfico que admite zonas grises, y por lo tanto nuevas complejidades. A diferencia de la época industrial, cuando el espectro político- desde el parlamento hasta los partidos políticos y la prensa-  estaba ordenado estrictamente de izquierda a derecha, en Opinion Space no se apuesta a la oposición sino a la discusión entre usuarios. El New York Times diseñó poco después un sistema similar. Se observa con claridad que la opinión pública se transforma y las posibilidades técnicas, el diseño y la política se imbrican, porque los algoritmos transforman la comunicación entre la política y la población. Los algoritmos generan otras posibilidades y permiten exponer las opiniones de la masa de una manera más diferenciada. En consecuencia, el componente técnico de la comunicación no es políticamente neutro. El medio no se limita a transmitir contenidos. Aunque el medio no es el mensaje – a diferencia de lo que observó McLuhan-, el medio fija el marco de los mensajes y las opiniones que son posibles. Y con la digitalización se está desarrollando un nuevo marco: la digitalización posibilita una producción y una presentación más estratificada de las masas. Se nos impone, entonces, la pregunta por la relación entre la estructura técnica de un medio y la formación social que la rodea. En la tesis de Habermas, por ejemplo, el rol de la técnica tiene un papel secundario. Hoy en día, los lectores son, por el contrario, parte de una masa que está explorando nuevas posibilidades con ayuda de los medios digitales.
No es novedad en la historia que las personas quedan integradas en nuevas asociaciones por la técnica. Facebook no es el primer país sin territorio. Ya los periódicos produjeron una masa humana que no necesitaba reunirse en un lugar. Antes del siglo XIX y de las innovaciones técnicas que cambiaron la prensa, las personas se comunicaban unas a otras lo que creían en las conversaciones; a partir del momento en que el periódico se convirtió en un medio masivo, ya no fue necesario que sus lectores, reunidos en una masa virtual, se conocieran en persona. Ahora leían lo mismo rápidamente. Mientras las condiciones de trabajo de la industrialización desgarraba a las familias, la prensa a vapor vinculaba en forma masiva a las personas con tiradas cada vez más frecuentes y grandes. En 1817, el Times se convirtió en un periódico de opinión independiente que fue el primero en aspirar a informar por encima de las diferencias de clase. Con ese fin, empleó una red de corresponsales distribuidos en todo el país, que recogían las opiniones de los miembros de distintos estamentos. El Times  se fijó la meta de ser portavoz de la opinión pública. Fueron medios independientes como este diario los que le dieron al público ojos y oídos, pero también una voz, y constituyeron así un contrapeso de las estructuras de poder.
En el curso de la digitalización,  la voz pública vuelve a transformarse radicalmente, porque en la era de los medios digitales la masa ya no necesita a los periodistas para hacerse oír. Las opiniones que antes recogían los periodistas son difundidas ahora por un número enorme de usuarios individuales directamente en blogs y en redes sociales como twitter o facebook. Todos los días se publican en plataformas como estas mucho más de mil millones de comunicaciones. Puesto que la gente a la vez también describe lo que sucede a su alrededor, esta nueva opinión pública puede comunicar las noticias más rápido que cualquier periodista. Un usuario puede documentar un hecho e incluso fotografiarlo y hacerlo circular al instante, es más que un observador, un testigo o una mera fuente periodística. El triunvirato de los medios compuesto por la prensa, la radio y la tv, se ve desafiado ahora por internet.
En los años sesenta Jürguen Habermas describe el primer gran cambio estructural de la opinión pública: a comienzos de la edad Moderna la opinión pública representativa de las épocas del feudalismo es sustituida por una opinión pública burguesa, que está compuesta por “personas privadas” reunidas “en calidad de público” y constituye una aglomeración democrática de voces diferentes. Estas voces son representadas por el periodismo, que critica y controla el poder político. El cambio que se está produciendo hoy representa una cesura similar: además de la periodística, aparece otra opinión, publica, una opinión pública digital. Pero tanto la política como el periodismo se muestran inquietos por el recién llegado. En especial, en los círculos periodísticos se propaga el malestar. Los cronistas ven amenazada su función por la opinión pública digital, lo cual es perfectamente comprensible, porque el periodismo libre e independiente está estrechamente entretejido con el sistema político de la democracia; en la democracia los periodistas no solo le  proporcionan a la población los conocimientos necesarios para que puedan tomar una decisión el día de las elecciones, también funcionan como una suerte de órgano que controla a los poderosos. El propio trabajo periodístico está sujeto a determinados mecanismos que aseguran su calidad, que se basan en reglas claras y se rigen por una ética específica de la profesión. El núcleo lo constituye el imperativo de informar conforme a la verdad: los reporteros y redactores están obligados a informar con precisión, imparcialidad y honestidad.
Con el nacimiento de la nueva opinión pública digital, la “Iglesia llamada periodismo” pasa a estar bajo presión. Muy a su pesar, los periodistas tienen que resignar su rol exclusivo de guardianes de la opinión pública; su liderazgo absoluto de opinión tambalea. Ya la sola masa de contenidos en la web muestra que los medios establecidos han dejado de ser el órgano central, indiscutido, de la opinión pública que informa. Alguna vez estuvo reservado a los periodistas investigar noticias e historias que eran de interés general. Chequeaban datos y reunían información que luego su periódico o emisora publicaba en forma de noticias. A comienzos del siglo XXI, cualquiera puede investigar y publicar noticias.
En este punto, las innovaciones técnicas tienen una importancia decisiva: con el perfeccionamiento de los algoritmos, el teléfono móvil, nuestro compañero perpetuo, se transformó en un aparato de registro a tomar en serio, con acceso a internet y cámara; cualquiera que tiene un smartphone puede filmar material potencialmente valioso, y convertirse así en una fuente periodística: el lector, espectador u oyente antes pasivo deviene así un posible ojo útil para los periodistas profesionales. Se produce lo que la autora denomina registro repartido de un acontecimiento y que se ha vuelto normal con la popularización de las cámaras digitales de alta resolución en los teléfonos móviles. Ya no estamos solo en condiciones de testimoniar sobre lo que hemos visto en forma consciente, también podemos consultar los medios que llevamos con nosotros para averiguar cosas que se nos escaparon en un primer momento. Los medios digitales se suman así a la percepción inmediata como una suerte de segundo testigo. El acceso al material registrado es mucho más simple desde que los recursos digitales les simplifican a los usuarios la tarea de publicación. Las plataformas de blogging hacen que publicar una película, un texto o una foto en internet sea tan sencillo como enviar un mail. Basta con decidirse por uno de los diseños preestablecidos y encontrar un nombre que todavía no haya sido usado y ya se puede empezar. Si al comienzo el fenómeno del blog estuvo reservado a la elite internauta, los llamados early adopters, a partir de 2001 se inició un proceso que el teórico de los medios Geert Lovink ha denominado masificación de la blogósfera y que se intensificó aún más con Facebook, Twitter y otros microblogs. Ya ni siquiera es necesario poder escribir un texto coherente o tener algo importante que decir. Alcanza con una frase sobre cómo se siente uno, a lo que quizás se le agregue rápidamente un enlace o una foto, y listo el aporte a Internet.  Lo que antes era un privilegio de los periodistas (la posibilidad de dirigirse a un público geográficamente disperso) ahora puede hacerlo cualquiera.
Aunque en términos cuantitativos hoy en día haya muchos más particulares blogueando, tuitiando, o posteando en redes o foros que reporteros de periódicos o redactores de televisión, los primeros constituyen un tipo completamente distinto de masa o público. Mientras que las instituciones mediáticas de la era industrial le suministraban a la opinión pública noticias en gran medida homogéneas, la opinión pública digital está compuesta por unidades fragmentadas: los amigos de Facebook, los seguidores de Twitter, los lectores de blog. El público de Internet se compone, por lo tanto, de distintas minimasas; como dirían Guattari y Deleuze, “manadas”: se trata de unidades dispersas, de grupos pequeños y voces individuales, que tienen vínculos débiles entre sí, se encuentran en constante metamorfosis y se mueven en distintas direcciones.
Cuando esta opinión pública en red, diferenciada en sí misma, apareció por primera vez para comunicar su visión de las cosas, para comentar noticias o para corregirlas, para expresarse en blogs y tuitiar su opinión, la reacción de muchos periodistas fue de confusión y rechazo. De todos modos, no son los únicos de quienes se apodera una sensación desagradable: también muchos ciudadanos se preocupan: ¿No bajará el nivel de la información si cualquiera puede publicar? Después de todo, los bloggers, a diferencia de los periodistas, no están obligados a reproducir el estado de cosas con precisión; el compromiso autoimpuesto con los hechos, al que presuntamente se atienen los medios masivos, no rige para los productores de la opinión pública digital. ¿No queda borrado así de manera irremediable el límite entre las noticias serias y las meras manifestaciones de opinión? ¿No influye sobre el periodismo que en las redacciones todavía haya que investigar mientras que en los blogs ya se están difundiendo todo tipo de rumores? ¿No son los buscadores, los medios sociales y blogs simples parásitos de las emisoras y los periódicos establecidos, cuyos materiales enlazan con hipervínculos, comentan, siguen urdiendo, sacándoles el trabajo a los empleados de la prensa escrita y la radio? ¿Se corre el peligro de que la opinión pública digital tiente al periodismo clásico a volverse más ruidoso, más simple o más tonto?
La respuesta a estos reparos ha sido que la vociferación, la publicación de rumores insostenibles, el plagio de artículos, etc., han existido siempre. Y que el temor de que el público se fragmente, tampoco es algo radicalmente nuevo. El periodismo tradicional también apunta a públicos muy diferentes. Si la opinión pública en ese sentido ha estado siempre fragmentada, ¿cuál es entonces el problema con los nuevos medios digitales? ¿Por qué la opinión pública digital parece amenazar tanto la opinión pública periodística nacida con la industrialización?
La razón de este malestar es la separación de dos aspectos que en la era de la opinión pública periodística tradicional todavía estaban unidos. Hannah Arendt lo destaca en su texto La condición humana. Arendt constata que lo público, por una parte, tiene que ser accesible para todos –algo es público cuando aparece y lo “ven y oyen otros al igual que nosotros”- pero por otra parte también tiene que ser relevante para todos. Es decir: los temas deberían mantener unida  a las personas por el interés en el mundo común. Estos dos aspectos estuvieron inseparablemente unidos hasta fines del siglo XX: en las sociedades industriales occidentales los medios masivos producían las noticias en primer lugar para que todos las oyeran o las vieran, y sobre todo las entendieran; con lo cual, en segundo lugar, pretendían ser relevantes para todos, o al menos entretenidas, y en consecuencia, interesantes. Hasta hoy en día no es infrecuente que nuestros medios masivos pongan en práctica estos aspectos –accesibles para todos, relevantes para todos- de una manera que nos obliga a advertirles que no deben perderse sin pudor en el mínimo común denominador y simplificar nuestro tan complejo mundo desmesuradamente. Pero durante la digitalización estos dos aspectos comenzaron a separarse. Gracias a las nuevas posibilidades de publicación en el espacio digital algo puede ser oído o visto potencialmente por todos, sin que eso signifique, en absoluto, que se lo produce para ser relevante para todos. La nueva e indescriptible facilidad para publicar ha llevado a que el espacio público “Internet” sea usado con frecuencia para intercambiar tonterías. La opinión pública, cuya tarea era antes el control del poder social  y político, se llena de pronto de un caos de voces que pululan desordenadamente, donde , al lado de observaciones penetrantes, encontramos todo tipo de absurdos superfluos. Catbloogging es el nombre que recibe este fenómeno que se produce cuando la gente publica algo aunque no tenga nada importante para decir.
Por otra parte, la nueva sociedad de la publicación trae aparejado un problema serio: con el avance incesante de la fragmentación se corre el peligro de que cualquiera pueda ser oído potencialmente, pero que nadie sea escuchado efectivamente. Es una paradoja que en la nueva sociedad de la publicación el individuo amenace desaparecer en las masas de aportes individuales, porque publicar se vuelve un asunto radicalmente privado, y pierde así su pretensión pública.
Es precisamente por eso que una sociedad abierta, pero fragmentada, necesita el periodismo profesional: en primer lugar, porque el periodismo profesional genera el fondo común de datos. Es la interfaz en la que negociamos qué debe considerarse relevante para todos. En segundo lugar, está dotado de cierta credibilidad y confiabilidad porque está sujeto a una ética periodística propia que le impone la carga de la responsabilidad social. En tercer y último lugar, el periodismo no solo está en el centro de las confrontaciones sociales. En un mundo digital, donde la sobreabundancia de información se ha vuelto algo normal, al periodismo le cabe también la importante función de ser una instancia orientadora.
La digitalización de la prensa
La digitalización representa un desafío histórico para el periodismo por lo menos en tres sentidos: en primer lugar, transforma el modo en que se  distribuyen sus productos, lo cual aumenta al mismo tiempo el alcance de esos productos. En segundo lugar, se hace necesario rediseñar el modelo de negocio con el que funcionaban en el pasado la edición de diarios y las emisoras. Y en tercer lugar, también se transforman, en vista del nuevo alcance, la tarea informativa y el rol del periodismo en sí.
En relación al alcance, la digitalización aumentó el alcance del periodismo por dos vías. Por un lado, si hablamos de los productos de la prensa, ahora, lisa y llanamente, llegan a más personas, gracias a la oferta en línea de los diarios, a los nuevos soportes y aplicaciones que se suman a las tiradas impresas. Por otro lado, las marcas no solo llegan a más lectores u oyentes, sino que la gente además les dedica cada vez más tiempo; esta nueva omnipresencia transforma el comportamiento con los propios contenidos de los medios: ese comportamiento se ha vuelto literalmente multimedial. Si antes de la digitalización las personas siempre consumían una cosa por vez, ahora hacen una búsqueda rápida en línea mientras están hojeando el diario, o conversan en una plataforma social sobre lo que están viendo en televisión. Es decir que no se puede decir que los nuevos medios hayan sustituido a los viejos, más bien coexisten, y también se los usa en forma paralela. Esta es una transformación a la que también tendrán que adecuarse los periodistas: si antes redactaban sus artículos o hacían el montaje de sus programas teniendo en cuenta, en primer lugar, un grupo destinatario, ahora también tienen que considerar la situación de recepción de sus trabajos.
Modelo de negocio: Ante el cambio digital, los periódicos no pueden seguir financiándose solo con los abonados y los avisos. También la radio y la televisión han perdido parte de sus ingresos por publicidad a manos de Internet. El conglomerado británico Reckitt Benckiser fue una de las primeras empresas en animarse, en 2012, a introducir un nuevo producto de limpieza exclusivamente por medio de una campaña en facebook. En lo que respecta a las nuevas posibilidades publicitarias, los clientes con los que se venía cooperando en el sector de la prensa gráfica resultaron ser, para decirlo coloquialmente, unos infieles: en lugar de publicar sus anuncios en las nuevas ediciones en línea de los periódicos, privilegian nuevas posibilidades digitales como la publicidad en buscadores, utilizan los nuevos medios sociales como plataforma, o directamente desarrollan un sitio web propio con aplicación para smartphone incluida. Otra fuente de ingresos para el periodismo digital es hoy la difusión, organización y venta de talleres, eventos y conferencias.
La omnipresencia de los medios  digitales modificó las rutinas diarias de los periodistas cuando hubo que subordinar los procesos de trabajo en las redacciones al grito de guerra “Digital First!” y mantener actualizado el sitio web del periódico en forma permanente, porque en definitiva los lectores o usuarios de la red quieren informarse principalmente sobre los últimos acontecimientos. En un segundo paso se invitó al propio público a aportar hallazgos interesantes, fotos o comentarios. Por ejemplo, después del terremoto que sacudió a Haití, los aportes de los espectadores, revisados críticamente por los redactores, constituyeron un componente importante de la tarea informativa: apenas pasado el terremoto los usuarios enviaron los primeros informes desde el lugar de la catástrofe, que entre otras cosas permitieron que las fuerzas de salvataje se formaran una idea más precisa de las zonas que en un principio eran inaccesibles. The Guardian fue más lejos, al incluir a sus lectores directamente en el trabajo de investigación y en el análisis de fuentes, un procedimiento que en la actualidad se denomina crowdsourcing.
Como conclusión, podemos decir que la ética periodística y los estándares profesionales no son obsoletos, el progreso técnico incluso ha ampliado su área de aplicación. Considerados en términos históricos, los periodistas siempre han sido también una suerte de órgano de control del poder, o de los políticos cuyo poder el pueblo ha legitimado al elegirlos. Pero la digitalización nos muestra ahora que no solo hay que vigilar a los políticos, sino también a la propia tecnología, porque el nivel técnico de los instrumentos comunicativos tiene un papel central en la constitución de las masas políticas. Con el perfeccionamiento del protocolo de internet, con la neutralidad de la red y las plataformas que se basan en ella, que millones de usuarios utilizan como un lugar de formación de opinión, como un living ampliado, como mercado o para administrar sus datos en “la nube”, surge la necesidad de instancias independientes que observen, expliquen o eventualmente critiquen tales innovaciones. ¿Quién sabe de verdad hasta dónde examinan y administran nuestros datos las empresas? ¿Quién tiene siempre presente el modo en que los algoritmos deciden en una búsqueda qué resultados aparecen en primer lugar en la lista y cuáles ni siquiera aparecen? ¿Quién garantiza que no haya ciertas informaciones que desaparecen mientras otras resultan favorecidas? También aquí se abre un nuevo campo para los periodistas.
A la opinión pública periodística se le suma ahora una nueva opinión pública, digital, que también responde a valores éticos. ¿Cuál es su rol? ¿Puede ser la nueva instancia que observe críticamente a los medios establecidos, que han adquirido cada vez más poder e influencia en la sociedad de medios?
En el pasado, entre la política y la prensa imperaba una suerte de equilibrio de poder, aún cuando los actores políticos en cierto sentido tuvieran una ventaja porque reglamentaban la libertad de prensa. En algunos casos influían por medio de la radiodifusión pública sobre los procesos de formación de opinión en la población, al menos de manera indirecta. Sin embargo, con el surgimiento de las modernas democracias de medios ha habido un desplazamiento de las posiciones: los políticos siempre quieren que sus actos sean mostrados bajo una luz positiva; al mismo a tiempo, el sector mediático se ha convertido en un campo de negocios y los zares se afanan por ampliar su empresa, y aspiran, en consecuencia, a obtener una regulación política que los favorezca. La política y la prensa tienen un grado de interdependencia desconocido hasta ahora.  Surge un conflicto de intereses del que también un público relativamente amplio comenzó a tener conciencia. ¿Podemos garantizar que se mantenga hoy una distancia crítica entre la política y los medios? En el pasado era la competencia entre los medios de comunicación la que aseguraba la información crítica. Pero eso no es algo que esté garantizado en una época en la que los grandes consorcios como los de Murdoch o Berlusconi no paran de crecer y aumenta la influencia de empresas orientadas a la rentabilidad. ¿es posible que le quepa aquí una nueva tarea a la opinión pública digital? ¿Puede sumarse como órgano de control?
El medio central de la nueva opinión pública, la opinión pública digital es Internet, lo cual no sorprende a nadie. Internet posibilita una reedición digital de la evolución que experimentó el público compuesto por lectores de periódicos en el siglo XIX: en Internet las personas pueden reunirse sin tener que confluir en un lugar físico. No obstante, muchos observan de manera crítica las posibilidades de organización que esto trae aparejadas, porque la noción de masa no goza de buena fama, definida como aglomeración de personas desprovistas de sentido crítico y fácil de manipular. No obstante, las posibilidades de procesar y difundir la información digitalmente liberan nuevos potenciales que podrían modificar de modo sustancial nuestra concepción de la masa.
Desde que la información se puede facilitar y consultar en línea en cualquier parte del mundo, no solo es posible que las personas se mantengan informadas todo el tiempo sino también, a la inversa, que transmitan in situ sus propias impresiones de una situación. Proyectos como la enciclopedia en línea Wikipedia muestran lo efectivo que puede ser el conocimiento reunido colectivamente. Fenómenos como los flashmobs, como se denomina a las concentraciones humanas convocadas por la web (Ni una menos) prueban que la multitud que se reúne en forma anónima en Internet es capaz de una cooperación que supera con creces el intercambio de los lectores informados de la prensa escrita. Rápidamente, la masa volvió a ser una estrella mediática, y empezaron a dedicarle libros. Ya no se tematizan sus déficits, sino su excedente cognitivo y la sabiduría de la multitud; se invocaron las comunidades virtuales y con ellas, el cambio que se produce cuando las personas confluyen. El mensaje es que hoy en día las masas ya no son nada más que un montón de sujetos desindividualizados que siguen a ciegas las órdenes de otros. En lugar de eso, comparten conocimientos, los organizan y los difunden. Si en el curso de la digitalización detectamos nuevos aspectos en la masa y le atribuimos conocimientos, no es porque los humanos hayamos cambiado. Son más bien las funciones básicas de la tecnología las que han cambiado, lo que han posibilitado otra organización y otro tipo de masa.
Para entender la opinión pública digital es necesaria una mirada comparativa con la difusión de la información en la era industrial: el ferrocarril permitió que las editoriales periodísticas, que hasta entonces tenían un alcance regional, ampliaran su círculo de lectores. Antes, los repartidores recorrían las ciudades pedaleando a toda velocidad pera vender los periódicos, pero con el tren también fue posible llevar las últimas ediciones a las localidades más alejadas. Al igual que los poderes coloniales europeos, empeñados en ampliar su influencia, los periódicos comenzaron a expandirse. Reunir individuos de diversas regiones de un país para conformar un público era una empresa cara y riesgosa. Las grandes editoriales dominaban la actividad informativa. Las voces críticas, que no estaban comprometidas con el mainstream, tuvieron dificultades para hacerse oír. Las editoriales más pequeñas, con una pequeña dotación de capital, no podían producir para un público más o menos amplio. La consecuencia del despliegue mediático fue, por lo tanto, que la formación de opinión pública a través de los diarios no fuera especialmente democrática.
Todo esto empezó a cambiar con el surgimiento de una opinión pública digital. Hoy no son necesarios costosos canales de distribución para llegar a un público. Por el contrario, con una amplitud de banda suficiente el contenido está disponible en cuanto el usuario accede a una determinada dirección de Internet. (Para él, el acceso a la dirección y la transmisión de los datos son prácticamente simultáneos). Además, gracias al sistema común de direcciones, cada uno puede acceder a todas las ofertas abiertas de Internet y estar conectado potencialmente con todos los otros usuarios de la red. La difusión masiva de información y opiniones ya no está dominada por las grandes empresas de medios, que son las únicas que pueden permitir los canales de distribución costosos.
El archivo del presente
En nuestro pasado analógico siempre se podía saber más sobre un momento histórico que sobre el presente. Por ejemplo, cuál era la situación de la industria automotriz o de la nutrición a fines de la Primera guerra mundial; esta clase de información se puede hallar en forma de estudios históricos en las bibliotecas. Una concentración similar de conocimientos sobre el presente, en cambio, era  lo algo de lo que como máximo podía disponer el presidente de los Estados Unidos, con su ejército de asesores y expertos. Esto comenzó a cambiar con la difusión de Internet. En blogs y redes sociales se puede seguir la marcha actual de las cosas en todo el mundo. Con estos registros innumerables se ha desarrollado algo que podemos denominar archivo del presente: un espacio medial en el que reproducimos el acontecer actual.
Así como el archivo histórico es una instalación para el registro sistemático de documentos, los sistemas técnicos de Internet son instalaciones para el registro y conservación de información sobre el presente. Un rasgo característico de la sistemática de los espacios del World Wide Web es, por ejemplo, que todas las páginas están unívocamente ordenadas por la URL (Uniform Resource Locator, Loclaizador Uniforme de Recursos) en un índice de direcciones. La documentación del presente tiene su propia  sistemática en Internet. Igual que una masa de libros de la Biblioteca Nacional, el contenido que se ofrece en Internet es inabarcable, y para los usuarios individuales es imposible de rastrear. Pero no está ordenado en pasillos con estanterías sino según otra estructura básica, que está vinculada con una lógica de atención medial propia: a diferencia de los libros que colocamos en las estanterías el contenido en Internet se deposita en nichos semánticos.
Hasta ahora, estábamos familiarizados sobre todo con la lógica del periodismo, cuyo norte es por principio el acontecimiento. Sobre el acontecimiento se informa como novedad o en el marco de un aniversario y, lo que no cabe en una de esas dos categorías no la tiene fácil en los medios clásicos. La opinión pública digital en cambio, es impulsada sobre todo por los intereses de los usuarios. En virtud de la lógica de atención de la opinión pública digital, guiada por el interés, las fecha de vencimiento de las noticias se ha prolongado en tiempo considerable, al menos en Internet. Por eso, a los usuarios de las nuevas ofertas digitales ya no les preocupa perderse algo: “Si una noticia es realmente importante ya me encontrará”.
Lo que cuenta el coro de voces
Antes de publicarla como noticia o archivarla como hecho, es necesario chequear la información. Es lo que hacen los periodistas o los historiadores, por ejemplo, que hablan con testigos o revisan documentos  que a su juicio constituyen fuentes creíbles.  En cambio, la cantidad de información que el archivo digital del presente amplía sin cesar se evalúa de otro modo: la información que proviene de Internet se considera un hecho cuando muchos enunciados describen lo mismo con independencia unos de otros. Los relatos que se repiten y provienen de distintas fuentes son el criterio central para la verdad de los contenidos digitales. Un ejemplo es el tratamiento medial en torno a la revolución en Egipto en 2011. Durante las protestas contra el entonces presidente Hosni Mubarak, jóvenes egipcios enviaban por twitter, directamente desde el lugar de los acontecimientos, mensajes breves en los que informaban sobre los sucesos que se estaban desarrollando a un público internacional, que dominaba el inglés y residía en el extranjero. En un momento en que prácticamente no hay otra información disponible, estas impresiones personales documentan los acontecimientos para un público amplio. En los mensajes se perfila un mundo común, y precisamente porque descubrimos elementos en común en los distintos informes, que son independientes entre sí y han sido redactados desde perspectivas individuales, tenemos la impresión de que algo está ocurriendo efectivamente. Al mismo tiempo, los tuits trascienden lo que conocemos como la clásica información en vivo. No es un reportero el que captura los acontecimientos. Estas personas cuyos breves mensajes leemos son parte del acontecimiento. No están comunicando lo que les sucede a otros sino lo que les hacen a ellos, y convierten a sus lectores en testigos.
A diferencia de la pretensión del periodismo clásico de informar con objetividad, aquí se muestra otra forma de la verdad: la inmediatez y no la objetividad periodística, es la cualidad que distingue a la opinión pública digital. Esta inmediatez de la vivencia descripta nos permite participar emocionalmente de un acontecimiento, aún cuando no estemos presentes, mientras que la pluralidad de voces a la vez nos permite evaluar lo que está ocurriendo in situ sobre la base de las descripciones hechas desde diferentes perspectivas. De manera que si la masa reunida como opinión pública digital es calificada de inteligente, no se debe solamente a que se puede informar a sus miembros en cualquier parte. También se debe a que todo el tiempo es necesario que procesemos activamente la información para establecer qué puede considerarse “verdadero” en el archivo del presente. La pluralidad de la información comunicada desde distintas perspectivas exige que nos hagamos una idea propia de los acontecimientos. Esta integración activa de los destinatarios es una característica central de la opinión pública digital.
Una tendencia similar se puede reconocer en el llamado periodismo de datos. En este caso, lo característico es que los documentos se publiquen sin procesar, y de esa manera se les permite  a los lectores tener una mirada genuina sobre los acontecimientos pasados. La puesta a disposición de este tipo de documentos originales y la consiguiente exploración activa por parte de los usuarios posibilitan una comprensión de determinados acontecimientos que es mucho más amplia de lo que jamás hubiera podido ofrecer la tarea informativa clásica del periodismo. Fue el caso de Wikileaks, que capturó la atención de la opinión pública mundial al dar a conocer documentos sobre las guerras de Irak y Afganistán clasificados hasta entonces como secretos.  Lo singular de Wikileaks consistió en que el sitio web, activado en 2006 bajo la dirección de Julian  Assange, no se dedicó solamente a reunir, chequear y publicar documentos sobre un tema determinado, sino que por primera vez se ocupó de casos de todo el mundo que tenían relevancia para la opinión pública. Con su procedimiento, “la primera organización de noticias sin Estado”, le agregó una dimensión completamente nueva al significado del concepto de “fuente”; más que un testigo humano, la fuente ahora se aplica también al material original, que habla por sí mismo. Con los documentos facilitados los lectores están en condiciones de echar una mirada al interior del poder o del escándalo, sobre el que ahora –gracias a los documentos disponibles- se pueden formar un juicio propio.
Lo que antes solo hacían los periodistas, que sintetizaban las diferentes perspectivas en una historia concluyente y descartaban la información falsa, es algo que ahora deben hacer los propios usuarios. Por lo tanto, la masa de la opinión pública digital, ya no se compone de receptores pasivos; los medios digitales obligan más bien a su público a activar el entendimiento propio, a averiguar por su propia cuenta qué es verdadero sobre la base de lo que se enuncia, y a justificar después esa apreciación frente a otros.
Esto muestra que la masa de la opinión pública digital es de una cualidad muy distinta de la que caracterizaba a la opinión pública industrial. Pareciera que con la digitalización entramos en una segunda fase de ilustración y emancipación, en la que después del individuo ahora también la masa se ordena bajo la sentencia del sapere aude kanatiano: “Atrévete a servirte de tu propio entendimiento”.



El concepto de flujo televisivo en Raymond Williams

Ficha de estudio para las cátedras Cultura y comunicación e Historia de la comunicación, elaborada por la Dra. María Marta Luján
Fuente: Williams, Raymond, Televisión: Tecnología y  forma cultural. Buenos Aires: Paidós, 2011
Privatismo móvil
En sus estudios sobre comunicación, Williams enfatizó la subordinación de la tecnología al contexto social de su puesta en práctica, lo cual constituye un factor determinante en el empleo que se le asigna. Para él, la tecnología es dependiente de la compleja textura social y política del mundo en el cual surge.
Desde su perspectiva, Williams nos revela que resulta imposible realizar cualquier análisis serio de un hecho cultural (en este caso la TV), sin alcanzar previamente un conocimiento cabal acerca de cuál es su deber histórico. Hace casi cuatro décadas, nos advertía acerca del desarrollo futuro de la TV, y si bien éste estaba atado a la tecnología, no podía explicarse sólo por ella.
Williams repudia toda forma de determinismo tecnológico. Rechaza los argumentos que afirman que las tecnologías tienen vida propia, que emergen de un proceso de investigación y desarrollo inmaculado, no alcanzado por las expectativas sociales ni los intereses políticos y económicos. Rechaza de manera igualmente enérgica los argumentos que sostienen que las tecnologías por sí mismas pueden determinar una respuesta social, que tienen efectos y consecuencias determinantes, resistentes a las complicaciones e incertidumbres de la sociedad y de la historia. En otras palabras, rechaza la idea de caracterizar a la televisión como una tecnología, sin más. No puede reducírsela únicamente a eso.
Como antes habían aparecido el telégrafo, el teléfono y la radio, la TV surgió como una respuesta tecnológicamente sintética a un conjunto de novedosas y radicales necesidades sociales, políticas y económicas emergentes.
La industrialización y la modernización habían creado nuevas demandas y nuevos desafíos: exigencias de orden, de control y de comunicación. Las máquinas que en principio se idearon y desarrollaron para dar respuestas singulares a exigencias principalmente militares e industriales (la administración de los imperios y de los ferrocarriles) terminarían desarrollándose de maneras inesperadas en aplicaciones sociales y civiles.
Hacia las primeras décadas del siglo XX, asistimos a un mundo de creciente individualización, atomización y fragmentación; de corrientes de desplazamiento estructural de las poblaciones del campo a la ciudad y desde la ciudad hacia los suburbios; de los movimientos diarios de la fuerza laboral desde los hogares privados hasta los lugares de trabajo públicos. La radio y la televisión, movilizadas dentro de una dialéctica de aislamiento y participación, crearon e hicieron posible el “como si” de una sociabilidad mediada dentro del marco de la comunicación. La distancia entre los ciudadanos y los centros de decisión empezaron a resolverse representativamente, a través de los medios de masas.
Socialmente, estos artículos se caracterizan por las dos tendencias aparentemente paradójicas, y sin embargo profundamente conectadas entre sí del estilo de vida industrial urbano moderno: por un lado, la movilidad y, por el otro, el hogar familiar, que parecía más autosuficiente.
El período inicial de la tecnología pública, cuyos ejemplos más evidentes son los ferrocarriles y la iluminación urbana, estaba dando paso a un nuevo tipo de tecnología, la tecnología que servía a un estilo de vida móvil y al mismo tiempo centrado en el hogar: una forma de privatización móvil, consumo en el hogar según condiciones privadas de recepción. La radiodifusión, en su forma aplicada, fue un producto social de esta tendencia distintiva.
En realidad, las presiones contradictorias de esta fase de la sociedad capitalista industrial se resolvieron, en cierto nivel, mediante la institución de la radiodifusión. Con respecto a la movilidad, ésta era solo en parte el impulso de una curiosidad independiente: el deseo de salir y ver nuevos lugares. Esencialmente, era un impulso surgido del derrumbe  y la disolución de tipos más antiguos de asentamientos y los trabajos productivos. Los nuevos y crecientes asentamientos y organizaciones industriales exigían, en primera instancia, una mayor movilidad interna, a lo que se sumaron las consecuencias secundarias de la dispersión de las familias extendidas y las necesidades de nuevas clases de organización social.
La familia era ahora nuclear, y era capaz de desplazarse hacia los centros industriales. Los procesos sociales implícitos durante largo tiempo en la revolución del capitalismo industrial se estaban intensificando a gran velocidad, especialmente la creciente distancia entre las zonas inmediatas de viviendas y los lugares de trabajo y gobierno; las condiciones sociales y económicas mejoraron y el resultado fue un mayor énfasis en el mejoramiento del pequeño hogar familiar. El hogar era, simultáneamente, un logro efectivo y una respuesta defensiva. Sin embargo, esta privatización conllevó, como consecuencia, una necesidad imperativa de nuevos tipos de contacto. Los nuevos hogares podían parecer privados y “autosuficientes”, pero sólo era posible mantenerlos mediante ingresos y  suministros obtenidos de fuentes externas. Esta relación creó la necesidad y también la forma de un nuevo tipo de comunicación: noticias llegadas de afuera, de fuentes de otro modo inaccesibles. La radio hacía posible un nuevo tipo de aporte social: noticias y entretenimientos llevados hasta el hogar, estableciendo la mencionada dialéctica entre el aislamiento y la participación (los muros se refuerzan y desintegran).
Así, vemos que en el modelo de teledifusión amplia se daban, a través de la radio y la TV, y simultáneamente,  transmisión centralizada y recepción privatizada.


Flujo televisivo
Una de las contribuciones más importantes de Raymond Williams a la teoría de la comunicación, es la que podemos llamar la “teoría del flujo”; Williams entiende el flujo no sólo como esos segmentos que se ven en los hogares sino, fundamentalmente, el significado potencial de sus relaciones discursivas.
En Televisión: Tecnología y forma cultural,  Williams afirma que en todos los sistemas desarrollados de televisión, la organización característica, y por lo tanto la experiencia característica son una secuencia o flujo. Esta característica de flujo planeado es, quizás, la característica que define la televisión, simultáneamente como tecnología y como forma cultural. En todos los sistemas de comunicación, antes de la televisión, los temas esenciales eran discretos. Un libro o panfleto se tomaba y leía como un tema específico. Una reunión se celebraba en un lugar concreto y en una fecha determinada. Una obra se representaba en un teatro concreto a una hora establecida. La diferencia no reside sólo en que estos acontecimientos parecidos se pueden obtener dentro del hogar, con sólo apretar un botón, sino que el programa real que se ofrece es una secuencia o un conjunto de secuencias alternativas de éstos u otros acontecimientos parecidos, que están disponibles en una única dimensión y en una única operación.
Williams sugiere que las emisiones de TV conducen, por norma, a una experiencia concreta de la audiencia. La televisión es una recepción tecnológica y una forma cultural conformada por distintos segmentos heterogéneos de la que ella parece darnos la ilusión de su  homogeneidad.
La lectura y la interpretación que hace Williams de la TV estuvo inspirada quizás, de manera decisiva, por una noche que pasó en Miami y un año en Stanford. Allí, Williams desarrolló su teoría, desconcertado por el flujo de la televisión estadounidense, un flujo en el que un programa se amalgamaba con otro, los anuncios publicitarios se enhebraban de manera imperceptible a través del libreto de las telenovelas, y los avances de un film constituían una especie de subtexto invasor para el desarrollo del otro.
Los modos de informar, la interrogación, la visualización y la dramatización que desplegó la televisión proporcionaron una cultura pública completamente distinta de cualquier otra que hubiera existido antes. Por supuesto, la televisión tomó prestadas muchas de esas formas de otros medios. Los noticieros, las obras teatrales, las entrevistas, los programas educativos, los programas de variedades, todos tenían sus precursores. Pero Williams se esfuerza en señalar el carácter distintivo y novedoso de la televisión, sobre todo, tal vez, en la manera de centrarse directamente y aproximarse a los aspectos corrientes de la vida cotidiana. La televisión ofrece una forma tecnológica e institucionalmente discreta de presentar la cultura y expresar sus contenidos, una forma que sólo puede entenderse en un contexto determinado y sobre todo, como una expresión de fuerzas sociales, políticas y económicas más amplias.
El flujo o continuidad inextinguible de la televisión consiste en la estratificación  de los discursos propia de la TV; ésta es incesante y eterna; no nos invita a mirar un programa puntual, aunque a veces lo hagamos. Miramos televisión: su flujo continuo; escuchamos la yuxtaposición excéntrica y repetitiva de noticieros, anuncios publicitarios y avances de programas, todo en un continuo igualmente ininterrumpido e igualmente naturalizado a través de un flujo eterno, inconexo y sin una secuencia lógica.

Publicidad

Williams le adjudica a la publicidad (“arte oficial del capitalismo”) un rol crucial en el desarrollo de este formato. El carácter “comercial” de la TV debe examinarse en varios niveles: como la realización de programas para obtener ganancias en un mercado conocido, como un canal para transmitir publicidad y como una forma política y cultural directamente modelada por las formas de una sociedad capitalista y dependiente de ellas, que vende tanto los bienes de consumo como un “estilo de vida” basado en ellos, en una escala de valores generada localmente por los intereses capitalistas y las autoridades del país, y organizada internacionalmente como un proyecto político por el poder capitalista dominante; se ha creado un mercado en el cual el entretenimiento, la publicidad y la influencia política y cultural, vienen juntos, en un único paquete.
El auspicio de los programas por parte de los anunciantes tiene un efecto que va más allá del anuncio separable y la recomendación de una marca. Como fórmula de comunicación, es un modo intrínseco de establecer prioridades. Un noticiero internacional presentado por cortesía de un dentífrico no es mirar elementos separables, sino mirar la forma que propone el modelo cultural dominante. La inserción de los anuncios comerciales en programas sin auspicio general es una fórmula diferente; ha tenido efectos extraordinarios en la TV como experiencia secuencial y ha creado ritmos visuales totalmente nuevos; se debe mirar este tipo de TV como una secuencia en la cual los anuncios publicitarios son parte integrante del programa y no como un programa interrumpido por anuncios comerciales. A causa de las características secuenciales e integradoras de la TV, esta relación orgánica entre los anuncios comerciales y los demás  materiales es mucho más evidente que en cualquier otro momento de los sistemas de publicidad anteriores.
La innovación decisiva se ha producido en los servicios financiados por publicidad comercial. Los intervalos entre las unidades de programas eran los lugares obvios para insertar los anuncios publicitarios. En la TV comercial británica se había establecido específica y formalmente que los “programas” no debían interrumpirse con anuncios comerciales que sólo podrían incluirse en las “pausas naturales”; en la práctica, por supuesto, esto nunca se cumplió y ni siquiera hubo intención de cumplirlo. Una “pausa natural” llegó a ser cualquier momento de inserción conveniente. Los programas de noticias, las obras de teatro y hasta las películas que habían sido exhibidas en los cines como presentaciones completas específicas comenzaron a sufrir las interrupciones de los anuncios publicitarios. En la TV estadounidense este proceso fue diferente: los programas patrocinados incorporaron la publicidad desde el principio, desde la concepción inicial, como parte del paquete completo. Pero hoy es evidente, tanto en la TV comercial británica como en la estadounidense que, aunque la noción de “interrupción” aún conserva una fuerza residual de un modelo más antiguo, se ha vuelto inadecuada. En los términos anteriores, lo que se ofrece no es un programa de unidades separadas con inserciones particulares, sino un flujo planificado, en el cual la serie verdadera no es la secuencia publicada en el horario de programación sino esta secuencia transformada por la inclusión de otro tipo de secuencia, la publicidad, de modo tal que esas secuencias reunidas componen el flujo real, la verdadera “difusión amplia” o broadcasting.

Autorreferencialidad

Progresivamente, una nueva secuencia se ha agregado, tanto en la TV pública como en la comercial: o bien los avances de los programas que se transmitirán más tarde ese mismo día o unos días después, o bien la enumeración de las noticias que se ampliarán luego. Esta táctica se ha intensificado por las condiciones de competencia, pues para los planificadores de los canales cada vez tiene más importancia retener a sus televidentes, “captarlos”, durante toda la secuencia de la velada.
Es evidente que lo que hoy se llama “una velada ante el televisor” es algo, en cierto sentido, planeado, por los proveedores y también por los telespectadores, como un todo que, en cualquier caso, está planificado en secuencias discernibles que, en este sentido, se imponen a las unidades de programa particulares. Cada vez que hay competencia entre canales de TV, esto se convierte en una cuestión de preocupación consciente: atrapar a los espectadores a comienzos del flujo.
Por supuesto que hay casos en que la gente puede seleccionar conscientemente otro canal u otro programa o directamente apagar el TV. Pero el efecto del flujo está suficientemente difundido para constituir uno de los principales elementos de la política de programación. Y esta es la razón inmediata de que aumente constantemente la frecuencia de los avances de programación. En la TV estadounidense hasta existe una expresión para designar el proceso, move along, en el sentido de “continuar juntos”, para sostener los que se concibe como una especie de lealtad al canal que se está viendo.
La mayoría de nosotros  dice “mirar televisión” en lugar de “mirar el noticiero” o “ver un partido de fútbol” en la televisión.
Esta autorreferencialidad propia del flujo televisivo puede ser leída como una mirada profética de Williams: pensemos en nuestra TV, en la que muchos programas giran, se alimentan y retroalimentan en torno a lo  sucedido en otro programa como  “Bailando por un sueño”. Los comentarios remiten una y otra vez a ese show eje y lo promocionan.
Asimismo, casi todos hemos vivido la experiencia muy difundida, aunque a menudo admitida con pesar, de que nos cuesta apagar el televisor. Repetidamente descubrimos que, aún cuando lo encendimos con la intención de mirar “un programa” determinado, nos hemos quedado mirando el siguiente y luego el siguiente. La manera en que está organizado hoy el flujo, sin intervalos definidos, en todo caso, promueve esta actitud. “Nos enganchamos” fácilmente con algún otro programa antes de haber reunido la energía para levantarnos del sillón, y muchos programas están concebidos con la idea de esta tendencia: capturar la atención en los primeros momentos y reiterar la promesa de que, si nos quedamos a mirar, veremos cosas emocionantes.
El flujo está siempre disponible, en varias secuencias alternativas, con sólo oprimir el botón.
Así, tanto internamente en su organización inmediata, como en su condición de experiencia generalmente disponible, esta característica de flujo es central para pensar la TV.

Es interesante que, cuando estudiemos Internet como nueva modalidad comunicativa, analicemos esta lógica del flujo en la red, pero estableciendo dos diferencias cruciales entre los medios: el tipo de difusión, centralizada/descentralizada y el tipo de recepción  generalizada/interactiva. En Internet, el receptor-operador, discontinuará el flujo, será él el que lo planificará, no la Institución mediática. Lo cual no significa, de ninguna manera, que en Internet no haya incursión  de la publicidad

Posición crítica y propuesta política en relación al uso de la Televisión

En el texto citado, Williams realiza el estudio de un uso concreto del medio televisión, y se preocupa por ofrecer una mirada crítica, registrando éxitos e identificando los fracasos de la televisión,  con la esperanza de la creación de un medio superador.
Su análisis no apunta a cosificar la televisión, sino a indicar una particular institucionalización de la cultura, la forma cultural a la que se refiere el título del libro; y, si bien la forma que identifica Williams es claramente una dimensión establecida e impuesta de televisión, no necesariamente ésta debe permanecer como característica esencial del medio. Si así fuera ¿qué nos queda por hacer o decir? La crítica de Williams está basada en su creencia fundamental en la efectividad de la capacidad de la acción humana: nuestra capacidad de desbaratar, desviar e interceptar lo que de otro modo sería la fría lógica de la historia y la unidimensionalidad de la tecnología; Cree que los seres humanos perturban o pueden perturbar el despliegue aún incompleto de la televisión. Las tecnologías –afirma- pueden constreñir pero no determinar.
El camino que sigue el desarrollo de la televisión está marcado por intereses competitivos, por las luchas por el sentido y por las ilimitadas consecuencias involuntarias de la acción humana. Pero la televisión ofrece, para Williams, formas alternativas de expresión y comunicación, no solo porque es por definición una formación social y está estructurada para ajustarse al mosaico de la vida social cotidiana, sino además porque las nuevas tecnologías continúan ofreciendo oportunidades de crear otras formas de expresión individual y, sobre todo, de expresión política, que por momentos escapen al control de las corporaciones transnacionales o al poder de los magantes de los medios.
Si bien en el texto son fundamentales el concepto de privatismo móvil y el análisis del flujo, es importante destacar que el mismo ofrece una postura ideológica y una propuesta política sobre el uso del medio televisivo. Se trata además de un examen de las tecnologías alternativas y los usos alternativos.
Williams es realista respecto  al poder de las instituciones dominantes y la “codicia represora”. Sin embargo, a pesar de todo esto y  a  causa de su profundo compromiso con el proyecto humano en oposición al proyecto tecnológico, su obra se niega a la aceptación y a la resignación. Si las tecnologías son humanas  y si la institucionalización contemporánea de la televisión es solo una  -aunque ahora bien establecida- posibilidad entre otras, entonces es necesario continuar con la crítica y la intervención creativa en su incesante desarrollo. Las tecnologías llevan una doble vida y la televisión no es la excepción. Las tecnologías, sostiene Williams, son “los instrumentos contemporáneos de una larga revolución hacia una democracia educada y participativa”: un proyecto que Williams nunca perdió de vista; pero también son instrumentos de lo que él llama la contrarrevolución, mediante la cual las fuerzas del capital logran introducirse en las vetas más finas de nuestra vida cotidiana, mientras aparentan estar hablando de elección y competencia, mientras restringen las elecciones a sus posibilidades programadas.
 En 1974, Raymond Williams les pedía a sus lectores que reconocieran la inmediatez de la situación y la importancia de las decisiones que se tomaran entonces para formar el futuro de los medios de comunicación. Su apuesta apunta a una televisión accesible para todos desde el punto de vista económico; una televisión local, pero que permita una comunicación internacional.
Más que de utopía acerca del medio, creo que la de Williams es un utopía acerca de lo que los sujetos harán con ese medio: “Dentro de pocos años se tomarán decisiones –o se perderá la oportunidad de tomarlas- que en gran medida determinarán cuál de las rutas posibles tenemos más probabilidad de recorrer en lo que queda de este siglo”.
“Información, análisis, educación, discusión”: éstas son las condiciones previas para la acción, condiciones que Williams enumera a modo de invitación para el cambio en la última página del libro.
De nosotros depende la ruta que recorrerá no sólo la televisión sino el conjunto de los medios, residuales y emergentes.

 ESPACIO PÚBLICO Y OPINIÓN PÚBLICA EN  JÜRGEN HABERMAS

FICHA DE CÁTEDRA ELBORADA POR LA DRA. MARÍA MARTA LUJÁNCÁTEDRA DE HISTORIA DE LA COMUNICACIÓN, CARRERA DE CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS U.N.T


Fuente: Habermas, Jürgen, Historia y crítica de la opinión pública. La tranformación estructural de la vida pública. Barcelona: Editorial Gustavo Gill. 2009

Jürgen Habermas nació en Düsseldorf y estudió en Gotinga, Zurich y Bonn; realizó el doctorado en Marburgo y trabajó como profesor de filosofía en Heidelberg y como profesor de filosofía y sociología de Frankfurt. De 1971 a 1980 fue director del Instituto Max Panck en Stamberg.
La múltiple y extensa obra de Habermas se extiende desde la década desde la década de los 60 hasta la actualidad. En 1961 publica Historia y crítica de la opinión pública. Más adelante, en 1981, da a conocer su Teoría de la acción comunicativa, que tuvo también una amplia repercusión en torno del estudio de los fenómenos vinculados a la racionalidad social, que analiza la capacidad comunicativa del lenguaje para alcanzar un concepto de racionalidad más comprensivo, a partir de la revisión del pensamiento sociológico contemporáneo.
Habermas Parte de los cambios producidos a partir del siglo XVI. La mercantilización de la cultura, junto con la separación institucional del Estado y de la sociedad civil, condujo a la aparición de una esfera pública desencantada. La desaparición de la sociedad feudad, la secularización y la separación de las esferas sociales preparó el camino para una sociedad potencialmente “más abierta”; las tradiciones culturales debieron despojarse del dogmatismo para poner a prueba la validez intersubjetiva los de los principios y las normas morales de acción a través de relaciones de poder más simétricas.
Desde los inicios de su obra, Habermas se interesó por la investigación sobre el espacio público y la opinión pública.
El espacio público se presenta como el lugar de surgimiento de  opinión pública, que puede ser manipulada y deformada, pero que constituye el eje de la cohesión social, de la construcción y legitimación (o deslegitimación) política.
Las libertades individuales y políticas dependen de la dinámica que se suscite en dicho espacio público.
En uno de sus primeros escritos, Habermas delimita el concepto de opinión pública con relación al espacio público:

Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público […] Los ciudadanos se comportan como público, cuando se reúnen y conciertan libremente, sin presiones y con la garantía de poder manifestar y publicar libremente su opinión sobre las oportunidades de actuar según intereses generales. En los casos de un público amplio, esta comunicación requiere medios de transferencia e influencia: periódicos y revistas, radio y TV son hoy tales medios del espacio público. (60)

Habermas hace hincapié en el carácter constitutivo de cualquier tipo de diálogo y de todo tipo de público en la formación de la trama de “lo público” y en la generación de opinión en torno a cuestiones muy diversas en las que distintas personas pueden tener intereses comunes. El espacio público no es un espacio político sino ciudadano, civil, del “mundo de la vida” y no de un determinado sistema o estructura social. Sin embargo, es evidente la importancia política de este campo de juego social:

Hablamos de espacio público político, distinguiéndolo del literario, cuando las discusiones públicas tienen que ver con objetos que dependen de la praxis del Estado. El poder del Estado es también el contratante del espacio público político, pero no su parte. Ciertamente, rige como poder “público”, pero ante todo muestra el atributo de la publicidad para su tarea, lo público, es decir, cuidar del bien general de todos los sujetos de derecho. Precisamente, cuando el ejercicio del dominio político se subordina efectivamente a la demanda pública democrática, logra  el espacio público político una influencia institucional en el gobierno por la vía del cuerpo legislativo.
El título “opinión pública” tiene que ver con la tarea de crítica y control, que el público de los ciudadanos de un Estado ejercen de manera informal (y también de manera formal en las elecciones periódicas) frente al dominio estatalmente organizado. (61-62)e

Habermas se remonta a la Grecia clásica y su organización social, en donde el elemento característico de la libertad y la igualdad consiste en el ejercicio de la discusión, en la “publicidad” que tiene lugar en el ágora y que se prolonga en la conversación entre ciudadanos, en las deliberaciones de los distintos tribunales, etc.
El autor sostiene que el desarrollo del capitalismo mercantil en el siglo XVI, junto con las cambiantes formas institucionales de poder político, crearon las condiciones para la emergencia de una nueva clase de esfera pública. El espacio público burgués se desarrolla en un campo de tensiones entre el Estado y la sociedad, de modo que él mismo no deja de ser parte del ámbito privado. Con la extensión de las relaciones de mercado durante el Renacimiento surge la esfera de lo “social”, que rompe las limitaciones del dominio señorial-estamental del la Alta Edad Media, obligando a la adopción de nuevas formas de administración pública.
En este contexto se comenzó a conformar el significado de “autoridad pública”. Remitió cada vez menos al dominio de la vida de la corte y cada vez más al de las actividades del sistema estatal que emergía definiendo legalmente las esferas de jurisdicción y el monopolio del legítimo uso de la violencia. Al mismo tiempo, la “sociedad civil” apareció como un dominio referido a las relaciones económicas privatizadas que estaban vinculadas al eje de la autoridad pública. El domino “privado” comprendió entonces ambas áreas que se extendían: la de las relaciones económicas y la de la esfera íntima de relaciones personales, que crecientemente se fueron separando de la actividad económica, y ampliaron la institución de la familia.
Entre el dominio de la autoridad pública o el Estado, por un lado, y el ámbito privado de la sociedad civil y las relaciones personales, por otro lado, apareció una nueva esfera que confluyeron en la discusión entre ellos mismos y las regulaciones de la sociedad civil y la conducta del Estado. Esta nueva esfera pública no era parte del Estado sino que, por el contrario, se trataba de una esfera en que las actividades estatales podían ser confrontadas y sometidas a crítica. El medio de confrontación era en sí mismo significativo: consistía en el uso público de la razón, un uso que era articulado por individuos privados comprometidos con el debate de los argumentos que eran en principio abiertos y sin restricciones: “El público raciocionante comienza a prevalecer frente la  publicidad autoritariamente reglamentada”.
Teniendo en cuenta la emergencia de la esfera pública burguesa, Habermas atribuye particular importancia al desarrollo de la prensa periódica, sobre todo la británica, pero establece ciertas peculiaridades respecto de las variantes continentales de Francia y Alemania. Los diarios críticos y los semanarios morales que comenzaron a aparecer en Europa en el fin del siglo XVII y durante el XVIII, brindaron un nuevo foro para el debate de la conducta del público. Mientras estas publicaciones a menudo surgieron como periódicos dedicados a la crítica cultural y literaria, crecientemente se comprometieron con temas generales de significación social y política. Una variedad de centros de socialización apareció en la Europa moderna. Incluían los salones y cafés que, desde mediados del siglo XVII, se convirtieron en centros de discusión y ámbitos en los que las elites educadas podían relacionarse entre sí y con la nobleza desde una perspectiva más igualitaria.
En Inglaterra y en el inicio del siglo XVIII se produjeron las condiciones más favorables para el surgimiento de la esfera pública burguesa. La censura y el control político de la prensa eran menos fuertes que en otros sitios, y los diarios y periódicos se extendieron. Al mismo tiempo proliferaron los cafés; en la primera década del siglo XVIII existían cerca de tres mil sólo en Londres, cada uno con un núcleo regular de habitués. Algunos de estos nuevos periódicos estaban relacionados con las vidas de los cafés y eran leídos y discutidos por individuos que iban juntos a debatir temas del día. Parte del argumento de Habermas es que la discusión crítica estimulada por la prensa periódica hizo impacto en la transformación de la forma institucional de los Estados modernos. El Parlamento también asumió más responsabilidades frente a la prensa y comenzó a jugar un papel más constructivo en la formación y articulación de la opinión pública. Estos y otros desarrollos fueron de considerable significación. Son un firme testimonio del impacto político de la opinión pública burguesa y del papel que jugaron en la formación de los Estados occidentales.

Hay, entonces, una “publicidad” gubernamental vinculada a la estructura de lo público, y la publicación relacionada con la opinión de un público constituido como un conjunto de personas privadas, ciudadanos burgueses que paulatinamente proyectan su racionalidad en diversos aspectos sociales y se afirman como jueces de las decisiones políticas:

La publicidad política media, a través de la opinión pública, entre el Estado y las necesidades de la sociedad. (42)

El antagonismo entre la sociedad civil y estructura estatal impulsa una dialéctica en la que la prensa y los medios de comunicación social tienen un papel protagonista, al mismo tiempo que convierten los mensajes en mercancía y la función social de la comunicación en instrumento de creación de riqueza y de influencia política.
En el siglo XVIII se lleva a la práctica política y ciudadana la idea de que la racionalidad no deriva de principios abstractos absolutos, sino que se desarrolla a partir de la contrastación de opiniones sobre la verdad y justicia, de manera que es inseparable de la discusión pública. Frente a la publicidad reglamentada por los poderes públicos, surge la publicidad crítica, que proclama la necesidad de enjuiciamiento público de los intereses generales y las actuaciones gubernamentales:

El debate está encargado de reconducir las voluntades a ratio, ratio que se elabora en la concurrencia pública de argumentos privados en calidad de consenso acerca de lo prácticamente necesario en el interés nacional (156)

Las leyes y las decisiones políticas requieren una justificación que sólo pueden encontrar en la fuerza de la razón, una razón que se hace manifiesta en el debate de la opinión pública. El uso público de la razón tiene el poder de la fuerza coactiva de la no-coacción.
Sin embargo, Habermas también sostiene que, en la forma específica en la que existió en el siglo XVIII, la esfera pública burguesa no duró mucho. Los siguientes desarrollos llevaron gradualmente a su transformación y caída. Con el tiempo, el periodismo se fue transformando a causa de las expectativas comerciales que hicieron que su formación informativa y polémica se sustituyera por la intención de convertirse en un negocio redituable.
En la segunda mitad del siglo XIX y en el siglo XX se producen los grandes y radicales enfrentamientos de clase, se pasa a la sociedad de masas y a la cultura tecnológica; se generan nuevas formas de creación y acceso a la riqueza, produciendo por tanto,  cambios sociales significativos. La publicidad, el ámbito de lo público y el ámbito de lo privado se encuentran en la encrucijada de la multiplicación de los medios, la privatización de los mismos, las manipulaciones de distinto signo, etc.
La separación del Estado y la sociedad civil –que había creado un espacio institucional para la esfera pública burguesa-comenzó a quebrarse tan pronto los Estados asumieron un creciente carácter intervencionista y tomaron cada vez más responsabilidades  en el manejo del bienestar de los ciudadanos, a la vez que grupos de interés organizados se convirtieron crecientemente en promotores de los procesos políticos que se desencadenaban.
La comercialización de los medios altera el carácter de la esfera pública en un sentido fundamental. Lo que fue una vez un foro de debate racional y de crítica se transforma en otro ámbito de consumo cultural, y la esfera pública burguesa colapsa en un mundo de creación simulada de imágenes y manejo de opiniones. La vida pública adopta un carácter cuasifeudal y de ese modo, hoy los nuevos medios tecnológicos son empleados para dotar a la autoridad pública con un tipo de aura y prestigio que alguna vez tuvieron las figuras reales a través de la escenificación pública de las cortes feudales. Esta “refeudalización de la esfera pública” convierte a la política en un espectáculo manejado en el que los líderes y partidos políticos buscan, periódicamente, el consenso y la aclamación de una población despolitizada. La masa de la población es excluida de la discusión pública y del proceso de decisión, y es tratada como una fuente manejada en la que los líderes populares pueden sacar, con la ayuda de los medios técnicos, suficiente consentimiento para legitimar sus conductas y posiciones.
En el siglo XX, y de manera especial desde la aparición de la televisión, la conducta de los políticos se ha convertido en inseparable del manejo de las relaciones públicas.
El problema de la igualdad real, la igualdad de oportunidades en un sentido empírico e histórico sigue en pie, incluso para algo tan fundamental como la libertad de expresión y la formación de una opinión pública verdaderamente significativa.

La estatalización de lo público y su amenazante intromisión en todos los ámbitos de la vida del ciudadano se ha apoyado en la transformación paulatina de los medios de comunicación en instrumentos de entretenimiento y dominación de las masas.
De la publicidad como información y manifestación de opinión se ha pasado a una situación en la que el público se ha escindido en minorías de especialistas no públicamente raciocinantes, por un lado, y en la gran masa de consumidores receptivos, por el otro: “Con ello se ha minado definitivamente la forma de comunicación específica del público”. ¿Medios de comunicación o medios de propaganda? La publicidad crítica es desplazada por la publicidad manipuladora:

Como es natural, el consenso fabricado tiene poco en común con la opinión pública, con la unanimidad final resultante de un largo proceso de recíproca ilustración, porque “el interés general” sobre cuya base […] podía llegar a producirse libremente una coincidencia racional entre las opiniones públicamente concurrentes, ha ido desapareciendo exactamente en la medida en que la autorepresentación publicística de intereses privados privilegiados se lo iba apropiando”. (222).

La apelación a un individuo autónomo capaz de dotarse de leyes universales, en el sentido en que se conecta la ley moral y la ley política mediante un proceso de formación de opinión y de voluntad general, se enfrenta a una situación histórica en la que incluso la formación de un individuo autónomo y su voluntad personal, no parecen estar garantizados, y mucho menos, por supuesto, la formación de una voluntad general democráticamente instituida.
Habermas constata que la dinámica social que vivimos presenta rasgos de “refeudalización”.
El sujeto político de nuestra sociedad de masas no es el individuo del liberalismo, sino de los grupos sociales y de las asociaciones que desde los intereses de determinados sectores privados influyen en funciones y decisiones políticas, o, también, al contrario, desde las instancias políticas intervienen en el tráfico mercantil y en la dinámica del mundo de la vida, de especial incidencia en el ámbito de la privacidad. Privatización de lo público, politización de lo privado: transgresión múltiple de una delimitación legal y éticamente tipificada.

A pesar de los aspectos negativos y de la dificultad que presenta la pervivencia y desarrollo de una publicidad crítica en la sociedad de masas, Habermas insta al desarrollo de las posibilidades existentes dada su importancia fundamental para la realización de la democracia.
Para el autor, sólo una publicidad crítica permitirá la expresión de los conflictos reales y la superación de los mismos por la generación de consensos, de voluntad común. Ha de ser el contrapeso necesario a las formas de presión y coacción del poder, que tiende siempre a superponerse opresivamente sobre la realidad social.
La publicidad crítica ejercida por la sociedad civil respecto de los Aparatos del Estado, sus formas de organización y ejecución, constituyen elementos fundamentales de la vida pública democrática.
En las décadas del 70 y el 80, Habermas articuló su teoría de la acción comunicativa, en la que presenta la discusión pública como la única posibilidad de superar los conflictos sociales, gracias a la búsqueda de consensos que permitan el acuerdo y la cooperación a pesar de los disensos. En su texto Facticidad y validez, de 1992, considera a la opinión pública una pieza clave de su propuesta de política deliberativa, una alternativa para superar los déficits democráticos de las políticas contemporáneas.
Contra ciertas teorías posmodernas del discurso, Habermas insiste en su posición: los discursos no dominan por sí mismos, sino que es su fuerza comunicativa la que influye y permite determinados tipos de legitimación; este poder de la comunicación no puede ser suplantado por acciones instrumentales:

El espacio de la opinión pública, como mejor puede describirse es como una red para la comunicación de contenidos y tomas de postura, es decir, de opiniones, y en él los flujos de comunicación quedan filtrados y sintetizados de tal suerte que se condensan en opiniones públicas agavilladas en torno a temas específicos.[1]

Los ciudadanos son “portadores del espacio público” y en él expresan problemas de los distintos ámbitos de su vida privada. El medio propio es la interacción comunicativa; este intercambio comunicativo produce argumentos, influencias, opiniones.
Las opiniones públicas puede manipularse e instrumentalizarse, pero a costa de perder de vista la realidad propia de los individuos, el sentido de sus vidas y su inter-dependencia dentro de un mundo simbólico compartido; a costa también de sustraerse a la eficacia de una legitimación racional.
Cuando el espacio de juego no permite la sinceridad en las expresiones y las críticas abiertas, se pierde la capacidad de interacción entre los agentes sociales y la articulación necesaria entre ellos (la integración social); las opiniones públicas pueden manipularse, pero ni pueden comprarse públicamente, ni tampoco arrancárselas al público mediante un evidente ejercicio de presión pública.
De la vitalidad del espacio de la opinión pública y la verdadera autonomía de la voluntad de los ciudadanos dependen la legitimación de las decisiones políticas y la regulación de la cohesión social.
En la actualidad, dice Habermas, los medios de comunicación desempeñan un papel que en muchos casos, sirve tan solo a los intereses de grupos poderosos económica y socialmente, de manera que su ocupación y depredación del espacio público pueden ser altamente distorsionadoras de la realidad humana. Habermas critica la instrumentalización de los medios de comunicación de masas, pero afirma que nos se tiene un conocimiento global de su incidencia y que en cualquier caso, las instituciones deben regular y corregir los excesos, haciendo efectivo el respeto y la promoción de los derechos humanos.
Desde una perspectiva pragmático-discursiva y utópica, Habermas ofrece conceptos críticos de la situación presente y permite establecer objetivos futuros realizables (o no) en función del desarrollo concreto de las capacidades discursivas (personales y colectivas) y cooperativas compartidas por los ciudadanos. 



[1] Habermas, Jürgen, Facticidad y validez. Madrid: Trotta. Pag. 440.





Raymond Williams y la Historia de la comunicación.

Ficha de cátedra elaborada por la Dra. María Marta Luján


Los estudios culturales ingleses incluyen pensadores como Raymond Williams, E. P. Thompson, Stuart Hall, Richard Hoggart, entre otros. El contexto en el cual emergen los Estudios Culturales ingleses contemporáneos se remonta al momento de la posguerra, cuando se producen importantes cambios culturales, económicos y políticos propios del Estado de Bienestar en Inglaterra. La expansión de las oportunidades de la educación luego de la guerra y la extensión de la educación de los adultos tuvieron efecto sobre las clases subalternas que no habían heredado la tradición intelectual. Justamente, Williams, Hoggart y Hall trabajaron en la educación para adultos. Esta circunstancia motivó un interés creciente por comprender las formas de la vida diaria, el estudio de la cotidianidad, en la cual parecen encontrarse los rasgos de una cultura persistente de la clase trabajadora frente a la creciente expansión de la cultura de masas o mercado.
Williams proviene de la clase obrera y también dedica sus años de inicio intelectual a la educación de adultos como tutor para la Universidad de Oxford.
Los aportes de Raymond Williams a los estudios de la comunicación se vinculan, fundamentalmente, a su postura superadora en relación a una historia de la comunicación centrada en las técnicas, las herramientas o aparatos, que él concibió como un “determinismo tecnológico”, y que lee la evolución humana en términos de desarrollo de los avances tecnológicos. (Propuesta de Marshall Mc. Luhan). Tal postura adscribe a la tecnología un conjunto de intenciones y efectos independientes de la Historia.
A contrapelo de esta tradición en los análisis de los medios, Williams sostiene que el desarrollo tecnológico encuentra su espacio sólo en la medida en que se vincula con el orden social de una época; responde a ciertas necesidades sin las cuales tal desarrollo no se hubiera producido; a su vez, las nuevas modalidades comunicativas provocan efectos en las conductas de las audiencias, generan procesos sociales y culturales –su reproducción o transformación- que son variables a través de tiempo. El producto de esa relación (tecnologías sociedad/cultura/) es lo historizable.
Por ejemplo, cuando surge la escritura, surge una nueva técnica de la comunicación, otro medio para la transmisión de mensajes. Pero las contribuciones de la escritura no se quedan ahí, también aporta al desarrollo de la economía, permite cuantificar y registrar la producción. Desde este punto de vista, Williams señala que la escritura facilita “la identificación de mercaderías, el registro de tipos y cantidades de bienes, el cálculo de beneficios y pérdidas”.
La escritura, en su avance constante, desencadena cambios tecnológicos acordes a las transformaciones en los sistemas de comunicación (poco a poco, se desarrolla el barro, el papiro, el pergamino, el papel, y hoy la computadora).                                                                                                                                                                                                           En este aspecto que atañe a los cambios tecnológicos, Williams hace una diferencia entre técnica y tecnología:
La técnica de la escritura es una cosa, pero la tecnología de la escritura implicó, no sólo el desarrollo de instrumentos y materiales de escritura, sino también el desarrollo de un cuerpo amplio de conocimientos, y especialmente de la habilidad para leer, que en la práctica, era inseparable de las formas más generales de organización social.  (Williams, Vol. II, 1981:190).
En opinión de Williams, la escritura como sistema constituye:
…un paso trascendental en la historia de la humanidad. Nos permitió liberarnos, no sólo de las limitaciones del tiempo y del espacio en la transmisión de mensajes, sino también de las limitaciones de lo que un hombre podía pensar y recordar en la adquisición de conocimientos. (Williams, Vol.I, 1981:64).
 La escritura permite al hombre que sus ideas - sin su presencia física - puedan llegar a otros hombres e intercambiarse, independientemente del espacio físico y del tiempo. En primera y en última instancia, la escritura hace que el hombre avance en su pensamiento.
Hoy estamos presenciando cambios trascendentales en los sistemas de comunicación, como lo fue en su momento la creación de la escritura, luego la imprenta, y en este siglo, la computadora. Aunque las Nuevas Tecnologías de la Información sean un componente vital, en última instancia, son una parte de la producción social, que es la que está sufriendo la gran transformación. De esto se deduce – según Williams- que “ningún adelanto tecnológico existe por sí mismo, sino que lo hace en función de las circunstancias en las que se encuentra inmerso”.
Para comprender los medios de comunicación, su tecnología y su producción, se debe historizar, se debe considerar su articulación con el conjunto específico de
intereses dentro de un orden social; tal articulación debe ser leída en sus cambios a través del tiempo.
Por ello, una historia material de la cultura y una historia cultural de la comunicación, deben restablecer los diferentes momentos culturales y sus “estructuras de sentimiento”;
El concepto de estructura de sentimiento sirve para caracterizar la experiencia de la cualidad de la vida en un tiempo y espacio determinado, es la cultura de un momento histórico particular, evoca un conjunto común de percepciones y valores compartidos por una generación. La estructura de sentimiento es una cultura vivida y experimentada por un grupo, sólo accesible a éste y con la posibilidad de ser observada con la ayuda del tiempo.
La Historia debe  ser analizada como un proceso de cambio dinámico; las estructuras de sentimiento cambian históricamente y emergen formas dominantes pero también opositoras. El proceso histórico es siempre un proceso cambiante y en movimiento, considerando que las prácticas pueden ser dominantes, residuales o emergentes.
Lo dominante implica aquello que  es caracterizado por los rasgos de un sistema cultural; lo residual es lo que ha sido formado efectivamente en el pasado, pero  todavía se halla en actividad dentro del proceso cultural (no sólo como elemento del pasado sino como un efectivo elemento del presente); lo emergente son los nuevos significados y valores, nuevas prácticas, nuevas relaciones y tipos de relaciones que se crean continuamente.
Williams pone el acento en la noción de conflicto, diferencia y contradicción, hace hincapié en la capacidad humana de cambio por sobre sus determinaciones.
Su argumento de que una cultura está compuesta por un conjunto de relaciones entre formas dominantes, residuales y emergentes es un modo de enfatizar la cualidad desigual y dinámica de un momento determinado; representa un alejamiento de los análisis de épocas históricas donde los períodos o estadios de la historia se suceden unos a otros y cada época se caracteriza por un modo dominante o espíritu de tiempo. Cada época no sólo consiste en diferentes variaciones o estadios, sino que cada punto está compuesto también por un proceso de relaciones dinámicas y contradictorias en el juego de las formas dominantes, residuales y emergentes. Esto abre un espacio para analizar el rol que las identidades y los movimientos subversivos y de oposición desempeñan en la cultura dominante, y cuál es su eficacia para cambiarla.
Ni las relaciones residuales o emergentes existen de manera simple, “dentro de” o “junto a” la cultura dominante. Se verifican procesos de tensión continua, que pueden tomar tanto la forma de la incorporación, como de la oposición dentro de ella. Las formas residuales son diferentes de las arcaicas porque aún están vivas, tienen uso y relevancia dentro de la cultura contemporánea; representan a una institución o a una tradición que aún está activa como memoria en el presente, y puede tanto apoyar la cultura dominante como proporcionar los recursos para una alternativa o una oposición a ella. El surgimiento del extremismo religioso en diversas partes del mundo es un ejemplo de forma residual que desafía a la hegemonía del capitalismo liberal en Occidente.
Por ejemplo, mucho después del surgimiento de la escritura como medio, seguían desarrollándose prácticas de comunicación oral, que interactuaban con el texto escrito o lo utilizaban como fuente. Otro ejemplo lo constituye el periodismo escrito, una forma comunicativa residual pero activa, aún vigente en la época de internet.
La Historia material de la comunicación propuesta por Williams, se inscribe en el marco del materialismo cultural, un método de análisis desde el cual se intenta observar las implicaciones de la cultura dentro de procesos históricos y de cambios sociales. Desde esta postura, Williams discute al marxismo ortodoxo por distintas razones: la reducción de la superestructura a un mero reflejo de la base material, la abstracción del proceso histórico, la visión de las necesidades humanas como meras necesidades económicas y no sociales, la marginación de lo cultural dentro de la organización económica. Por su parte, Williams verá que todas las prácticas son sociales y que contienen elementos tanto materiales como simbólicos; señalará la importancia del componente material, la materialización de lo simbólico en la base de la vida material y de la experiencia social y, por lo tanto, su presencia dentro de las relaciones sociales y productivas. Su texto Marxismo y Literatura se puede ver como una respuesta al marxismo de la época, que tiende a privilegiar la base económica, a ver a la cultura como un simple reflejo y que constituye una visión mecanicista del cambio cultural.
Sin embargo, existe un vínculo entre materialismo cultural y materialismo dialéctico e histórico: el concepto de materialismo cultural es materialista porque sugiere que los artefactos, las instituciones y las prácticas culturales están, en cierto sentido, determinados por procesos “materiales”; es cultural porque insiste que no hay una realidad cruda y material más allá de la que sustenta la cultura, la cual, en sí misma, es material.
De esta manera, Williams acepta “la fuerza organizadora del elemento económico” pero enfatizando los problemas “superestructurales” como históricos, es decir, que no son reflejo de cierta estructura económica, sino más bien la interacción de elementos complejos, en donde conviven rupturas y continuidades e incluso autonomías limitadas.
Williams concibió al materialismo cultural como un método y como un término crítico; si bien no negó su origen y extracción marxista, fue insistente en el hecho de evitar nociones rígidas. El materialismo cultural se desarrolla a partir del materialismo histórico, pero es crítico respecto del  determinismo económico, y, en particular, de la división jerárquica Base/Superestructura, por la cual las instituciones políticas, las formas culturales y las prácticas sociales se ven en tanto reflejos y están gobernadas por fuerzas o relaciones económicas. Williams destaca la necesidad de que se considere a la “base” y a la “superestructura” como un proceso que incorpora diferentes tipos de relaciones, más que como una estructura invariable. Subraya la importancia de desarrollar una teoría del poder y de la ideología que pueda abarcar una gama de formas de producción. Se pregunta, por ejemplo, por qué el pianista debe ser considerado menos productivo que el fabricante del piano.
El Materialismo cultural sostiene que toda la teoría de la cultura (no sólo la marxista) que presuponga una diferencia entre arte y sociedad, o literatura y contexto, o comunicación y economía, está negando que la cultura –sus métodos de producción, sus formas, instituciones y tipos de consumo- son centrales para la sociedad. Las formas culturales nunca deben verse como textos aislados, sino incorporados dentro de relaciones y procesos históricos-materiales que los constituyen y dentro de los cuales desempeñan una función esencial.
El argumento de Williams sobre que los medios de comunicación son esencialmente medios de producción, en lugar de estar subordinados a un proceso primario más “real”, es crucial para esta perspectiva. La comunicación humana (sean las formas naturales, como el habla, las canciones, la danza y el teatro o los medios tecnológicos) es socialmente productiva en sí, dado que es reproductiva; además, es similar a otros procesos productivos. Las tecnologías de producción cultural tienen una función crucial en la modelación de formas e instituciones culturales, pero no las determinan.
En cuanto a la comunicación y los medios, hay que considerar cómo la de Williams supera la visión canónica de la comunicación. Primero, la convencional (el modelo de Lasswell) caracterizada por una visión claramente lineal, por una perspectiva más “tensa” , en la que la comunicación se entiende como proceso de negociación e intercambio de significados, a través de los cuales interactúan las “realidades y personas dentro de culturas”, lo que permite la emergencia y producción de significados.
La noción de comunicación tiene en Williams una perspectiva materialista y cultural que renuncia a determinismos tecnológicos. La cultura posee una dimensión individual y colectiva de significados, valores, implica concepciones del mundo, formas de sentir y actuar, las cuales se encarnan en el lenguaje y se enmarcan dentro de las instituciones sociales concretas, determinadas por circunstancias materiales.
La historia de los medios de comunicación se relaciona con la historia de la producción cultural, la cual se encuentra vinculada a las condiciones materiales de las instituciones sociales, a las relaciones con distintas fuerzas de producción, a las formas sociales particulares y al desarrollo simbólico de la sociedad.
En su libro Historia de la Comunicación, Williams sostiene que “todas las sociedades dependen de los procesos de comunicación y, en un sentido importante, se puede decir que se fundan en estos”. También se refiere a los usos que el hombre ha dado históricamente a los sistemas de comunicaciones y expresa que “lo que ha alterado nuestro mundo no es la televisión, ni la radio, ni la imprenta como tales, sino los usos que se les da en cada sociedad”. Cuando reflexionamos sobre estos inventos - que nos demostraron ser eficaces -, estamos replanteando la forma de pensar la comunicación. Más específicamente, el intentar entender las comunicaciones  siempre como una forma de relación social, y los sistemas de comunicaciones como instituciones sociales.
El interés creciente de Williams por el estudio de la comunicación y el universo tecnológico que lo constituye está presente tanto en el libro Comunications como en Televisión: tecnología y forma cultural. Una idea más o menos explícita  recorre estos textos: la tecnología con que un determinado acontecimiento cultural (libro, obra de teatro, programa de televisión) es producido, impone o determina nuevas formas de expresión y de elaboración. Por lo tanto, el contenido está intrínsecamente relacionado con la estructura que lo produce. Justamente en este trabajo de 1974, focaliza su atención de modo específico en los programas de televisión, analizando la estructura tecnológica del medio y cómo ésta trabaja para determinar formas características de la televisión.
Su idea es aún más interesante cuando la vemos con mayor profundidad: Williams sostiene que más allá de las distinciones que se pudieran realizar entre programas a través de una guía, la difusión de Tv no está organizada sobre unidades discretas (programas). Argumenta que la multiplicidad de formas de programas no está diferenciada sino que está incorporada dentro de un flujo:

Lo que se ofrece, no es, en viejos términos, un programa de unidades discretas con una particular inserción, sino un planificado flujo, en el cual la verdadera serie no es la publicada secuencia de ítems de programas sino las secuencias transformadas por la inclusión de otra clase de secuencia, así que estas secuencias juntas componen el flujo real, la real broadcasting  (difusión). (Williams; 2011: 120)

Finalmente, Williams admite que este proceder tecnológico de la televisión provoca efectos en las conductas de la audiencia, siendo esta relación variable a través del tiempo. En este análisis puede observarse cómo la crítica a lo existente y el reconocimiento de las posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías  son parte de un mismo movimiento en la propuesta de la creación de una cultura socialista. Como toda forma histórica, las modernas formas de la comunicación están sujetas al cambio
Los medios de comunicación aparecen en la obra de Williams como una de las instituciones modernas fundamentales y claves dentro de las formas y las relaciones de producción, no sólo en sus bases económicas y tecnológicas, sino en la producción y la distribución de sistemas simbólicos que se transmiten mediante ideas, imágenes, informaciones y actitudes.

Bibliografía:

Williams Raymond 1992: “Introducción” en  Introducción a la Historia de la Comunicación Social .Vol.I. Ed. Raymond Williams. Barcelona: Bosch Comunicación. Pags. 19-43.
Williams Raymond 1992: “Tecnologías de la comunicación e instituciones sociales” en: Historia de la comunicación. Vol. II. Ed. Raymond Williams. Barcelona: Bosch Comunicación. Pags. 181-209.
Williams, Raymond 1980 [1977]: Marxismo y literatura. Barcelona: Península.
Williams, Raymond 1994 [1981]Sociología de la cultura. Barcelona: Paidós.
Williams, Raymond 2011: Televisión: tecnología y forma cultural. Buenos Aires: Paidós.
Williams, Raymond 1975:The Long Revolution. Londres: Penguin.